La cantidad de metros de rampa que hace falta para subir una silla de ruedas por un escalón de apenas dieciocho centímetros es lo que decide, en la práctica, la seguridad doméstica de cualquier casa con un adulto mayor en silla de ruedas, y casi todo mundo la responde con las manos: marcando un tramo cortito, del tamaño de la tabla que usan los albañiles para tapar una zanja. Mi madre, aferrada a los descansabrazos con los nudillos blancos, fue quien me enseñó que esa cuenta estaba mal.
Ahí está el primer mito que hay que tirar a la basura si el cuidado familiar de un adulto mayor incluye sacar una silla de ruedas todos los días: la rampa no se mide a ojo, se mide por la proporción entre la altura del escalón y el largo del tramo, y esa proporción no perdona. Para un escalón de dieciocho centímetros, el más común en las entradas de León, la rampa segura mide más de dos metros de largo, no los cuarenta o cincuenta centímetros que la mayoría imagina cuando piensa en accesibilidad de la vivienda. Ni modo: no hay forma de acortar esa cuenta sin que la silla corra el riesgo de irse para atrás.
El mito de la rampa cortita
La primera vez que probé a resolverlo usé una tabla de madera gruesa que tenía guardada en el patio, apoyada sobre el escalón a puro ojo. Qué barbaridad: la madera se patinó con el peso, la inclinación resultó más brava de lo que parecía y por poco terminamos las dos en el suelo, mi madre y yo. Elvira Cienfuegos, mi excompañera de la época en que llevaba la contabilidad en la distribuidora, pasó esa misma tarde con algo de comer, como hace casi siempre que se aparece por la casa, y se quedó viendo el show desde la banqueta de enfrente sin decir gran cosa: la cara le bastaba.
El escalón manda: la proporción no perdona
Esa tabla de madera me confirmó algo que ya venía en el módulo de movilidad de uno de los cursos de formación para cuidadores que sí terminé: la buena voluntad no sustituye a la física. Por cada centímetro que sube un escalón, la rampa necesita bastantes centímetros más de largo para que la inclinación no vuelque la silla, y en un escalón de dieciocho centímetros eso se traduce en un tramo de más de dos metros. En las casas de León, donde los escalones de entrada suelen rondar esa misma altura, las banquetas casi nunca están pensadas para la accesibilidad, así que la cuenta hay que hacerla uno mismo, con cinta métrica en mano, antes de comprar nada.
Buscar esa cuenta me llevó varias tardes sentada en la mesa del comedor, la que adapté como escritorio en la planta baja porque desde ahí veo el patio interior donde mi madre toma el sol cuando no llueve y alcanzo a escuchar si necesita algo desde su cuarto, ocho metros pasillo adentro. En la repisa de al lado tengo las carpetas de los módulos que he ido imprimiendo junto con el binder de facturas médicas, y fue justo ahí donde intenté seguir unos videos que parecían clarísimos, hasta que noté que eran de España: las rampas que mostraban, las medidas, hasta las tiendas donde las conseguían, no correspondían con nada de lo que yo iba a encontrar en León. Tuve que empezar de cero, comparando lo que sí se vendía aquí.
No todas las rampas portátiles sirven para la movilidad de un adulto mayor
No. La capacidad de carga es lo primero que hay que revisar, porque la mayoría de estas rampas de aluminio tipo maleta aguantan hasta doscientos setenta kilos, y ese número parece generoso hasta que se suma el peso de la persona, el de la silla y el empujón que uno mismo da; jugar cerca del límite no vale la pena. El ancho importa tanto como el largo: lo mínimo recomendable son setenta y cinco centímetros, para que la silla pase holgada y las manos de mi madre no terminen golpeando los bordes cada vez que cruza. La superficie también cuenta, porque necesita una textura que muerda como lija: en León, cuando llueve en junio, cualquier piso liso se pone como jabón.

Si a quien cuida además se desorienta con facilidad, el ruido y el movimiento de desplegar la rampa pueden inquietarlo más de lo que ayuda el aparato en sí; en esos casos reviso primero que la casa quede bien cerrada, y hace tiempo escribí sobre las mejores alarmas de puerta para adultos mayores que se desorientan, porque cuando hay confusión de por medio la seguridad es un paquete completo, no solo la rampa.
El peso que anuncia la caja tampoco es el peso real con el que uno carga: una rampa de doce kilos se siente como de veinte cuando hay que sacarla de la cajuela a mediodía, bajo el sol, con prisa porque la cita ya va a empezar. Las bisagras de aluminio no se oxidan, pero sí se atoran si nunca les cae una gota de aceite, y eso se nota justo el día que hay más prisa. Los zapatos importan más de lo que parece: si voy a empujar la silla por una rampa, las chanclas quedan descartadas, así que a mi madre siempre le pongo sus zapatos cómodos para adultos mayores, por si necesita apoyar el pie de repente y quiere piso firme bajo la suela.
Cuando la rampa deja de ser práctica todos los días
Cuando la compré pensé que había resuelto el problema de una vez y para siempre. Corrijo esa idea ahora que la uso a diario: para lo ocasional, una cita médica de vez en cuando, la rampa portátil es perfecta, ándale que sí. Pero si la casa tiene varios escalones de uso diario, como el mío hacia el jardín, cargar, desplegar y guardar una pieza de metal de metro y medio varias veces al día pasa factura en la espalda del cuidador, aunque el aluminio pese poco. Es un cansancio que se acumula y que una no nota hasta que se sienta a cenar y el cuerpo entero se queja.
El mismo aparato me sirvió, en cambio, la tarde que llevé a mi madre a caminar entre los puestos del Mercado Hidalgo de León y nos topamos con un changarro que tenía un escalón a la entrada; ahí la rampa plegable resultó exactamente lo que promete el anuncio, ligera y rápida de sacar para un uso de una sola vez. La diferencia entre esa tarde y la rutina de todos los días en mi propia entrada es la que casi ningún vendedor menciona.
Elegir la rampa según qué tanto se necesita, no según el anuncio
Rosalba Fuentes, una lectora que escribió desde Guadalajara preguntando por andaderas para un departamento de dos recámaras después de que su mamá se cayó en el corredor y le agarró miedo a caminar, me hizo ver algo que a mí se me había pasado: de nada sirve resolver el nivel de dependencia con el aparato de movilidad asistida correcto si antes no se resuelve el desnivel de la entrada. Una andadera no sube un escalón de dieciocho centímetros mejor de lo que lo sube una silla de ruedas; el problema es el mismo, solo cambia qué tan cerca está uno del suelo si algo sale mal.
La técnica para pasar a alguien de la silla a la cama es un tema aparte que se aprende con calma; en la rampa lo único que importa es que las llantas no patinen y que el cuidador no le gane el pulso a la inclinación con la espalda. La seguridad del baño es otro capítulo completo, con sus propias barras y tapetes, que apenas estábamos por resolver mientras yo seguía atorada con la entrada de la casa. Fue por esos días que empecé a notar a mi madre ir sola al baño apoyándose en las barras nuevas, sin llamarme, sin que yo tuviera que dejar lo que estaba haciendo para correr por el pasillo: una señal más de que el cuidado familiar avanza por partes, no de golpe.
Si la rampa es para salir de vez en cuando, al médico o a caminar al mercado, cualquier modelo plegable con la capacidad de carga y el ancho correctos hace bien su trabajo. Si el escalón se cruza varias veces al día, conviene medir primero cuánta fuerza aguanta realmente la espalda de quien empuja, y preguntarle al fisioterapeuta de mi madre si la inclinación es segura para el tronco de ella, antes de gastar en una pieza que puede terminar arrumbada en la cochera. No soy experta en movilidad ni en construcción, solo una hija que aprendió a hacer cuentas con una tabla de madera y un buen susto, y esa cuenta, la de la proporción y no la del anuncio, es la que de verdad decide si la rampa sirve o estorba.
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