La suela que mejor agarra el piso es, casi siempre, la más peligrosa para alguien con movilidad reducida que usa andadera en casa. Suena al revés, pero así lo aprendí con mi madre: en calzado geriátrico, el zapato pensado para la prevención de caídas no es el que se pega como chicle a la loseta, sino el que deja al pie deslizarse un poco antes de detenerse del todo.
Aclaro esto antes de seguir: solo recomiendo lo que yo misma revisé mientras aprendía a cuidar a mamá, y algunos de esos enlaces son de afiliada. Dicho eso, vamos a lo que de verdad importa cuando alguien camina con andadera dentro de su propia casa.
Cuando el cuidado familiar se mudó de la oficina al pasillo
Pasé dos décadas cuadrando nóminas para una distribuidora de autopartes, revisando que cada peso llegara a donde debía. Ahora reviso otra cosa: que el horario de sus pastillas no se cruce, que la andadera no raspe los marcos de esta casa vieja, que sus zapatos no la manden al suelo. Desde que mamá volvió del hospital tras la caída en el baño, trabajo desde la mesa donde comemos, convertida en oficina de la nada, con la repisa de carpetas de módulos de curso de un lado y el binder de facturas médicas del otro, a ocho metros de su cuarto por el pasillo.
En el grupo de cuidadores de Guanajuato en Facebook conocí a Amelia Sandín, que cuida a su papá con Parkinson y anda buscando cómo organizar ocho medicamentos a horas distintas; fue ella quien me insistió en revisar bien el organizador de pastillas semanales antes de gastar en cualquier otra cosa.
Con la andadera pasó algo parecido: no cualquiera sirve para una casa de pasillos angostos, y ahí fue donde entendí por qué vale la pena revisar bien las mejores andaderas para espacios reducidos antes de decidir el nivel de apoyo que necesita alguien que ya no camina del todo sola.
Yo no tengo estudios en gerontología ni soy enfermera; soy una hija que aprende a la brava, y lo primero que aprendí fue que las pantuflas de peluche, por cómodas que se vean, son una trampa cuando hay andadera de por medio.
Plática del DIF o curso en línea
Fui a una charla del DIF municipal que duró dos horas y no me dejó nada práctico: mucho discurso sobre la importancia de la familia, cero indicación de qué zapato comprarle a mamá o cómo ajustar la andadera. Ni modo, salí de ahí con las mismas dudas con las que entré.
De los tres cursos que compré esas primeras semanas, uno era pura paja, de esos que aseguran que el cariño arregla todo sin explicarte cómo levantar a una persona que ya no se sostiene sola; otro sigue a medio abrir en mi teléfono. El que sí me sirvió, y al que regreso seguido, es Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio: ahí entendí que el calzado es una herramienta de trabajo para el cuerpo, no un accesorio de descanso, y que si el zapato falla, la andadera no sirve de nada.

La suela que "agarra" demasiado también puede tirarte
Entre más antiderrapante la suela, mejor, pensé al principio, y ahí tuve que rectificar. Cuando la goma es de esas que se pegan al piso como chicle, el riesgo de tropiezo sube, porque el paso de alguien con andadera no siempre es firme ni alto: a veces arrastra un poco el pie, y si la suela se ancla a la loseta o a una alfombra delgada, el pie se detiene en seco mientras el cuerpo sigue de frente. Ándale, ahí viene el desliz.
Lo que funciona es un punto medio: una suela que no resbale con agua, pero que deje al pie moverse un poco sobre piso seco. Algo de eso tiene que ver con la biomecánica del paso, aunque yo no voy más allá de lo que puedo ver a simple vista: mamá camina más segura con una suela algo más rígida que sujeta bien el talón, porque si el talón baila, el tobillo se dobla.
Al principio pensé que cualquier tenis serviría, y ahí me equivoqué: muchos pesan demasiado, y una persona que ya arrastra un poco los pies no puede cargar medio kilo extra en cada pierna. Ahora busco materiales ligeros, como mallas transpirables, pero con estructura firme en el talón; si el zapato se dobla como trapo, no sirve de nada.
De ahí saqué tres números que ya no negocio: el tacón no pasa de dos centímetros, porque más alto mueve el centro de gravedad y, si es totalmente plano, a veces le duele la planta del pie; la puntera tiene que dejar espacio de sobra, porque los pies se hinchan hacia la tarde; y el cierre es de velcro o elástico, nunca de agujetas que se desatan a media cocina.
Sandalia abierta, zapato cerrado: los límites de la autonomía
Una noche mamá insistió en ponerse unas sandalias abiertas porque, según ella, le refrescaban los pies, y la dejé, pensando en eso de respetar su autonomía que tanto repiten en los cursos. A media noche, cuando se levantó al baño con la andadera, se le salió la sandalia y casi se va de lado. Ahí entendí que la autonomía termina donde empieza el riesgo de una fractura de cadera.
Esa madrugada el único ruido en la casa era el murmurar bajito del nebulizador, y fue también la primera vez, desde el accidente, que la sentí dormir siete horas seguidas sin que yo despertara sobresaltada a cada crujido del pasillo.
Se lo conté a Zoila, mi vecina, que cuida a su suegra a tres casas de la mía, y se rió con esas ganas que le quedan hasta en los días más pesados. Qué barbaridad, me dijo, a ella casi se le va de lado su suegra por unas pantuflas viejas hace nada.
Gastar bien: el curso, la plática y el zapato
El curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio no es perfecto: a veces se siente lento, y en el sitio donde lo compré todavía solo tiene una reseña, lo que me hizo dudar antes de pagar. Pero comparado con la charla del DIF, que no me dejó nada que pudiera usar esa misma tarde, este sí me dio la estructura que mi cabeza de oficina necesitaba para ver la casa como un circuito que debe estar libre de obstáculos.
Si lo que buscas es contención, un espacio para desahogarte o información de trámites del sistema de salud, la plática gratuita del DIF puede servirte; si lo que necesitas es una guía concreta para decisiones del día a día, como qué zapato comprar o cómo ajustar la altura de la andadera, ahí el curso gana con ventaja, aunque cueste más o menos lo que se va en un par de semanas de copagos de sus consultas.
El zapato es apenas una pieza del rompecabezas: ahí siguen pendientes la silla de baño segura, los pañales que no le irriten la piel y los barandales de la cama para reforzar la prevención de caídas, temas que ya andan en mi lista pero que no caben en este texto. Si la situación te rebasa, te dejo la comparativa de tipos de cursos que hice hace poco, ordenada según el nivel de dependencia de quien cuidas.
Hoy escucho el clac-clac de la andadera más parejo por el pasillo, sin ese arrastre que me erizaba la piel, y sé que sus pies están bien sujetos en un zapato de dos centímetros de tacón. No es la vida que planeaba para mis cincuentas, pero ahí la llevo, cuadrando estas cuentas una decisión a la vez.
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