Cuido Serena

Zapatos cómodos para adultos mayores que usan andadera en casa

Esa tarde calurosa de mayo, el aire en León se sentía pesado, de esos días en los que ni el ventilador alcanza a refrescar la sala. Yo estaba en la cocina terminando de lavar los trastes del almuerzo cuando escuché el sonido rítmico, ese clac-clac constante de la andadera de mi madre sobre el piso de loseta. De pronto, el ritmo se rompió. Hubo un silencio de un segundo, un arrastre metálico y el grito ahogado de mamá. Corrí al pasillo y la encontré tambaleándose, aferrada a los puños de su andadera, con una de sus pantuflas de toda la vida doblada bajo el empeine. No se cayó, gracias a Dios, pero el susto me dejó las manos temblando por el resto del día.

Antes de seguir, quiero aclarar algo: algunos de los enlaces que verás en este texto son de afiliada. Si decides inscribirte en algún programa a través de ellos, a mí me llega una pequeña comisión que me ayuda a seguir con estos apuntes, y a ti no te cuesta ni un centavo más. Solo recomiendo lo que yo misma he revisado mientras aprendo a cuidar a mi madre en esta nueva etapa. La transparencia es lo primero, como en las auditorías de nómina que hacía antes.

La transición de la oficina al pasillo de casa

Pasé veinte años de mi vida sacando cuentas, asegurándome de que cada peso de la nómina llegara a donde debía. Ahora, mi realidad es otra. Desde finales del año pasado, cuando mamá salió del hospital tras su caída en el baño, mi oficina se trasladó al pasillo. Ya no manejo hojas de cálculo, sino horarios de medicamentos, organizadores de pastillas semanales y el mantenimiento de una andadera que mide exactamente 61 cm de ancho, lo justo para pasar por las puertas de esta casa vieja sin raspar los marcos.

Ese susto de mayo me hizo entender que la seguridad no solo está en poner barras en la pared o comprar las mejores andaderas para espacios reducidos. Está en lo que ella calza. Yo no tengo estudios en gerontología ni soy enfermera, soy una hija que aprende a la brava. Y lo primero que aprendí es que las pantuflas de peluche, por muy cómodas que se vean, son una trampa mortal cuando se usa andadera.

En esas primeras semanas tras el alta, compré tres cursos en línea. Uno era pura paja, de esos que te dicen que "el amor lo cura todo" sin decirte cómo levantar a una persona de 70 kilos. El que más me ha servido es Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio. Me gustó porque es práctico, como un manual de procedimientos. Ahí entendí que el calzado es una herramienta de trabajo para el cuerpo, no un accesorio de descanso. Si el zapato falla, la andadera no sirve de nada.

El error de la suela que "agarra demasiado"

Aquí es donde mi ojo de administradora se puso a revisar los detalles. Uno pensaría que entre más antiderrapante sea la suela, mejor. Pues ni modo, resulta que no. Recientemente descubrí que si la suela es de una goma excesivamente adherente, de esas que parecen pegarse al piso, el riesgo de tropezar aumenta. ¿Por qué? Porque cuando alguien usa andadera, el paso no siempre es firme y alto; a veces arrastran un poquito el pie. Si la goma se "amarra" a la loseta o a una alfombra delgada, el pie se detiene en seco pero el cuerpo sigue hacia adelante. Ándale, ahí viene el costalazo.

Lo que necesitamos es un equilibrio. Una suela que no resbale en el agua, pero que permita un deslizamiento natural sobre superficies secas. En el curso que terminé, mencionaban que la estabilidad depende mucho de la biomecánica del paso. Yo me fijé que mamá, hace un par de meses, se sentía más segura con unos zapatos que tenían una suela un poco más rígida. El zapato debe sujetar el talón; si el talón baila, el tobillo se dobla. Cada vez que me agacho para verificar que sus talones estén bien calzados, siento ese tirón agudo en mi espalda baja, un recordatorio de que yo también tengo que cuidarme si quiero cuidarla a ella.

Los números que sí importan en el calzado

Si algo me enseñó la contabilidad es que los estándares existen por algo. Aplicando lo que leí y lo que he visto en las visitas del médico (porque siempre hay que consultar con su geriatra antes de hacer cambios grandes), hay tres medidas que no negocio:

Incluso los detalles de la andadera cuentan. Los regatones, esas puntas de goma de la andadera, tienen un diámetro estándar de 2.8 cm. Cada mañana, mientras preparo el café, el olor a caucho nuevo de esos regatones se mezcla con el aroma del grano tostado. Es un olor que ahora asocio con la seguridad. Si esos regatones están gastados y el zapato es malo, es una combinación para el desastre.

Lo que aprendí sola en la madrugada

Hubo una lección en uno de los programas que abandoné que decía que debíamos dejar que ellos eligieran su ropa para mantener su autonomía. Suena muy bonito en el papel, pero una noche, hace un par de meses, mamá insistió en ponerse unas sandalias abiertas porque según ella le refrescaban los pies. La dejé. A mitad de la noche, cuando se levantó al baño con la andadera, se le salió una sandalia y casi se nos va de lado. Ahí la llevo aprendiendo que la autonomía termina donde empieza el peligro de fractura de cadera.

He tenido que rectificar. Al principio pensé que cualquier zapato de tenis serviría, pero muchos son demasiado pesados. Una persona mayor que ya arrastra un poco los pies no puede cargar con medio kilo en cada pierna. Ahora busco materiales ligeros, como mallas transpirables, pero con estructura en el talón. Si el zapato se dobla como un trapo, no sirve.

El programa Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio me ayudó a organizar estas prioridades. No es perfecto, claro. A veces se siente un poco lento y solo tiene una reseña en el sitio donde lo compré, lo que me hizo dudar al principio. Pero comparado con otros que parecen escritos por gente que nunca ha cambiado un pañal, este me dio la estructura que mi mente de oficina necesitaba. Me enseñó a ver la casa no como mi hogar de siempre, sino como un circuito que debe estar libre de obstáculos.

¿Vale la pena la inversión?

A veces me preguntan si no es mejor gastar ese dinero en un par de zapatos más caros en lugar de un curso. Yo lo veo así: de nada me sirve comprarle a mamá unos zapatos de marca si no sé cómo reaccionar si se marea, o si no entiendo cómo ajustar la altura de su andadera para que no se encorve. El curso cuesta más o menos lo que me gasto en un par de semanas de copagos de sus consultas, y me ha ahorrado errores que saldrían mucho más caros.

Si estás empezando en esto, como yo hace siete meses, te diría que no te abrumes comprando todo lo que anuncian en la tele. Empieza por lo básico: un buen calzado, una andadera bien ajustada y un poco de formación para ti. Yo no tengo formación médica, y siempre que tengo duda de una herida o un dolor nuevo, llamo a su enfermera. El curso es para que yo sepa qué hacer los otros seis días de la semana cuando estoy sola con ella.

Hoy, ver a mi madre caminar hacia la cocina para desayunar, escuchando ese clac-clac ahora más firme y rítmico, me da una paz que no tiene precio. Sé que sus pies están bien sujetos en sus zapatos de 2 cm de tacón y que la andadera está en buenas condiciones. No es el retiro que imaginé para mis cincuentas, pero ahí la llevo, cuadrando las cuentas de su bienestar un día a la vez.

Si sientes que la situación te rebasa, tal vez te sirva echarle un ojo a la comparativa de tipos de cursos que hice hace poco. Al final, lo que buscamos todas es que ellos estén seguros y nosotras podamos dormir un poquito más tranquilas, sabiendo que hicimos lo correcto.

Nota:
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