Cuido Serena

Cómo elegir sillas tipo cómodo para adultos mayores con movilidad reducida

La silla no cupo por la puerta del baño. Sesenta y dos centímetros de ancho contra un marco que apenas llegaba a sesenta, y ahí quedó el mueble estorbando en la sala mientras yo hacía cuentas que no me cuadraban. Qué barbaridad. Después del accidente de mi mamá entendí que el cuidado del adulto mayor en casa no se resuelve nada más con buena voluntad, sino con una cinta métrica y con saber elegir el equipo médico correcto para alguien con movilidad reducida. La seguridad en el hogar, resulta, se mide literal en centímetros.

Veinte años cuadrando nóminas en una distribuidora de autopartes aquí en León me dejaron una maña: cuando algo no cuadra en los números, hay que revisar las letras chiquitas antes de firmar. Con las sillas cómodo pasa lo mismo. Compré la primera nada más viéndola resistente en la tienda de ortopedia, sin cinta métrica y sin preguntar el ancho exacto, y ahí empezó todo el enredo.

Antes de esa compra le marqué a la trabajadora social del IMSS para preguntar qué equipo nos convenía pedir, y la llamada de vuelta nunca llegó. Ni modo, tocó investigar por mi cuenta, comparando fichas técnicas y leyendo lo que otras hijas cuidadoras contaban, hasta armar mi propio criterio.

Verifica si esa silla cabe por la puerta del baño

Aprendí, ya tarde, que el ancho total de estas sillas suele andar entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco centímetros, y que un par de centímetros de diferencia son los que separan un mueble útil de un estorbo en la sala. No basta con que la silla entre: hace falta espacio para girarla dentro del baño, para que quien empuja no termine golpeándose la cadera y para que mi mamá no pierda el equilibrio por falta de espacio para maniobrar. Una lectora, Rosalba Fuentes, me escribió hace poco desde Guadalajara preguntando por andaderas para un departamento de dos recámaras, después de que su mamá quedara con miedo de caminar tras una caída en el pasillo; se quejaba, con toda razón, de que casi ninguna reseña da tallas ni medidas concretas, nada más fotos bonitas. Por eso insisto tanto en los centímetros: sirve igual para una andadera que para una silla cómodo, porque el nivel de ayuda que alguien necesita para moverse no cabe en una sola talla.

Midiendo con cinta métrica el ancho del marco de la puerta del baño antes de comprar equipo médico para movilidad reducida

Aluminio anodizado contra la trampa del acero barato

Uno de los cursos que compré cuando empezó todo este relajo me enseñó a leer las fichas técnicas como si fueran facturas de la distribuidora, y ahí entendí que no todas las sillas cómodo son iguales. Están las de traslado, las fijas y las que sirven para la regadera; lo que de verdad me resolvió la vida fue una versión 3 en 1 que funciona como silla de noche junto a la cama, como elevador sobre el inodoro y como silla de baño. Pero para meterla a la regadera el material tiene que ser aluminio anodizado, no acero pintado. Si comprabas acero nada más porque salía más barato (lo que te ahorras a duras penas equivale a un par de semanas de copagos), en cuestión de semanas ya se estaba oxidando por la humedad del baño, y el óxido no es solo feo: debilita la estructura justo donde uno menos lo necesita.

También até cabos entre la movilidad y la comida: si a mi mamá le cuesta usar los cubiertos normales, come menos y le queda menos fuerza para levantarse sola de la silla. Por eso ando revisando los mejores cubiertos ergonómicos para adultos mayores con poca fuerza, porque en esto del cuidado todo jala para el mismo lado.

Lo blandito no siempre sirve, y ahí me equivoqué yo primero

Al principio pensé que entre más acolchada la silla, mejor para ella, y ahí me equivoqué. Un asiento demasiado blando se hunde justo cuando mi mamá necesita un punto firme para empujarse hacia arriba, y esa falta de apoyo la hace sentirse insegura al ponerse de pie. Con el tiempo cambié de opinión por completo: ahora busco firmeza antes que comodidad, porque de la firmeza depende que ella se levante sola sin que nadie la sostenga.

La altura también importa, y casi todas estas sillas traen cinco niveles en las patas telescópicas. Por las fichas técnicas que fui comparando, la mayoría queda cómoda entre cuarenta y cinco y cincuenta centímetros del piso: más baja y no se pueden parar, más alta y les cuelgan los pies y se marean. Todavía recuerdo el clic seco de los pines entrando en los orificios mientras probaba altura por altura en la sala, hasta que sus pies quedaron bien plantados en el piso.

Pines de ajuste de altura en las patas telescópicas de una silla cómodo, equipo médico para la seguridad en el hogar del adulto mayor

Revisen los frenos: la seguridad en el hogar no da segundas oportunidades

Con la primera silla aprendí, viéndola resbalar un poco al pasar a mi mamá de la cama, que no todas las ruedas frenan igual: dos con freno no bastan cuando alguien necesita apoyarse con todo su peso encima. Desde entonces mi regla es ruedas con freno individual en las cuatro, sin excepción.

Me fijo también en la capacidad de carga, que en las sillas estándar suele rondar los ciento treinta kilogramos, aunque mi mamá pese bastante menos que eso. Esa capacidad de sobra habla de qué tan bien soldada está la estructura, ni modo de andar confiando en un tornillo flojo; es la misma lógica que usaba yo revisando los fletes en la oficina, mejor que sobre capacidad a que el equipo trabaje al límite. Cuando el problema de levantarse es fuerte incluso fuera del baño, algunos conocidos han optado por sillones elevadores para adultos mayores con problemas para levantarse en la sala, para que no lleguen tan cansados a la hora de acostarse.

La lista de pendientes no se acaba con la silla. Después vinieron las barandas para que no se caiga camino al baño de noche, el pastillero semanal que todavía se me hace bola organizar bien, el baumanómetro digital para llevarle el registro de la presión y, apenas la semana pasada, el botón de ayuda por si un día me toca no estar cerca. La silla para bañarse todos los días es capítulo aparte, y lo mismo el tema de la piel cuando se usa pañal, cosas que merecen su propio espacio y que no quiero apurar aquí. Elvira Cienfuegos, mi excompañera de veinte años, pasó por la casa la semana que instalé la silla nueva y llegó, como siempre, con algo de comer bajo el brazo sin que nadie se lo pidiera.

La dignidad, al final, también se mide en centímetros

Para la séptima semana con la silla nueva, ya no me sentaba a la orilla de mi cama a media noche con el oído parado esperando escuchar sus pasos inseguros camino al baño; simplemente dormía, sin ese resorte adentro que me hacía despertar de golpe. Ándale, ese cambio solito valió más que cualquier equipo que hayamos comprado.

Si algo saco en limpio de estos meses es que el mueble más caro no siempre es el más seguro, y que el más barato casi nunca sale barato de verdad: mejor gastar una tarde entera midiendo puertas y comparando fichas técnicas que gastar después en curaciones o en la espalda de quien cuida. Yo no soy enfermera ni geriatra, apenas la que lleva las cuentas de la casa y se asegura de que el equipo no falle a media noche, así que antes de comprar cualquier cosa pregúntenle también a su médico o a la enfermera que los visita. Ahora que mi mamá camina con más confianza, hasta nos hemos animado a dar una vuelta corta por la Plaza Mayor de León las tardes que no llueve, algo que meses atrás ni pensábamos hacer.

Nota:
Ninguna información de este sitio constituye asesoramiento médico, legal o financiero. Todo el contenido se basa en la experiencia personal del autor. Consulta a un profesional autorizado para obtener orientación específica a tu situación.

Artículos relacionados